Inés
El primer trabajo fue el que le había prometido a Henk. El rótulo de «Rijwielhandel» sobre la ventana de la calle lateral se pintó a mano en 1992 y se había quedado rosa de tanto sol. Un rotulista de Haarlem se pasó tres fines de semana con él, letra a letra, igualando el verde original con un trozo que había quedado escondido detrás del canalón. Nuestro rótulo, el de la fachada, le llevó una tarde.
Luego vino el suelo. Yo quería baldosas de barro cocido y la hoja de cálculo de Maksim quería hormigón. Las baldosas costaron 4.100 euros más de lo previsto. Mañana las volvería a elegir, y Maksim ya ha dejado de sacar el tema, casi siempre.
Mientras tanto, yo entrenaba en la cocina de casa. Cada noche durante seis semanas saqué cafés en una máquina prestada y Maksim se los bebía, hasta la noche en que se quedó despierto hasta las 3:00 y me pidió que tirara el resto por el fregadero.
Maksim
La Giesen llegó de Utrecht en un camión en enero: varios cientos de kilos de acero que jamás iban a caber por la puerta. Quitamos el escaparate. Seis hombres, una transpaleta y media calle mirando cómo entraba. Henk se trajo una silla plegable.
A la semana siguiente subimos la chimenea por la parte de atrás del edificio. El permiso medioambiental del tostador tenía una sola condición: instalar un postquemador si algún vecino se quejaba del humo. Yo esperaba que nadie se quejara, y no lo metí en el presupuesto.
El dinero
Nuestro propio banco nos denegó el préstamo en diciembre. El motivo fue que no teníamos historial de actividad, lo cual era cierto, y lo cual no tiene ninguna tienda nueva.
Así que se lo pedimos a la calle. Vendimos tarjetas de café prepagadas y reunimos 11.400 euros de 214 personas en tres semanas. En enero, un banco más pequeño miró esos 214 nombres y nos dijo que sí a 65.000 euros. Los nombres están en el tablón junto a la puerta.
El día de la apertura, y la vecina de arriba
El permiso de cambio de uso llegó el 6 de marzo, diez días antes de abrir. El día 16, a las 9:00, la cola ya llegaba a la esquina. Al cerrar contamos la caja juntos, 612 euros, y escribimos la cifra a lápiz en la pared de detrás de la barra.
En mayo, la señora Yilmaz, la vecina de arriba, denunció el humo del tostador. Tenía razón. Pusimos el postquemador en junio, y por el Eid bajó con un plato de baklava y nos dijo que ahora el aire olía a pan.
La próxima vez que pidáis, buscad detrás de la barra el número escrito a lápiz. Preguntadnos por cualquier parte de esta historia y os contamos el resto.
Inés y Maksim

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